Entonces tocaron las 12 campanadas y Ceniciento se quitó el condón y se fue corriendo dejando al Prínceso con el culo con ganas de más.
A la mañana siguiente del cruising en el bosque encantado. El Prínceso recorrió las casas de todos los gays de la comarca, desde los obvios hasta los enclosetados.
A quienes tras dejársela dura con una mamada, les probaba el condón que usó con su misterioso kachero.
Desilusionado veía como a ninguno le quedaba, a unos les apretaba y a otros les bailaba de lo holgado. Hasta que llegó a casa de Ceniciento. No hizo falta ponérselo, reconoció su verga y esta vez tiraron a pelo porque era amor de verdad.
Años después murieron de SIDA porque así acaban los promiscuos de mierda que usan el amor como excusa para tener sexo sin protección.
Y colorín colorado este cuento marica ha terminado.
Moraleja: los gays no tienen finales felices.
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