Saludos. Soy Mister Will-Wonka, y se bienvenido al primer capítulo de mi serie de cuentos. En el presente comparto con Uds. una dramática historia donde se revive un antiguo castigo contra la sodomia. A continuación la versión en video de este relato, mismo que puedes leer más abajo.
“Creo que a todos los hombres les debe
pasar lo mismo, que cuando van a ser padres quisieran tener un niño, luego les
sale marica, y sufren una gran decepción, y prefieren verlo muerto que aguantar
la humillación"
Tú que ahora debates la posibilidad del
“matrimonio gay” tan libremente, quizás lo ignoras, pero hubo un tiempo en el
que los homosexuales éramos menos que la mierda de la sociedad, claro que tú no
lo viviste, pero aquí estoy para recordarte ese negro pasado, y que más, que
con una historia de la vida real, que ocurrió hace mucho, cuando ni siquiera
habían inaugurado el Perseo, fue hace mucho, mucho más atrás, cuando se decía
maricón y no gay. Esos eran tiempos difíciles para ser diferente.
Jacinto nació en un olvidado pueblo de la
sierra, donde los sufridos habitantes
recurrían a la iglesia en busca de consuelo. Temerosos de Dios acataban todos
sus mandamientos para no provocar su ira; pero en la práctica, eran una sarta
de hipócritas puritanos que hacían sus
cochinadas, pero a escondidas; con decirles que Jacinto era hijo de la Casilda
y su compadre, pero para evitar el escándalo del adulterio de su mujer, a don
Aurelio no le quedó de otra que reconocer al guagua como uno de los suyos.
Bueno, el cholito creció entre muchas penas
y pocas alegrías, pero con la constante de que si era bueno iría al cielo con
papá Dios. Pero había algo raro con esta criaturita del señor, aquel no era
recio ni brabucón como los otros niños, más bien sus maneras eran delicadas y
gentiles como las de una niña. Al principio esto era visto solo como una
curiosidad, de esas que eran motivo de risa. Pero a medida que el infante se
hacía grande su comportamiento desviado, era más notorio.
Esto alarmaba a su taita, que ya estaba
hasta el copete de los comentarios de la gente.
Es allí cuando empezaron los gritos. –
¡Párate como hombre!, ¡Eso es de mujercitas!, ¡No llores carajo!
Con cada año la brecha que separaba a padre
e hijo se iba haciendo más profunda, para ese entonces los gritos fueron reemplazados
por patadas y puñetazos.
Como los momentos de paz eran escasos en su hogar, Jacinto trataba de pasar el
menor tiempo posible bajo el mismo techo que su Sr. padre.
Se hizo amigo de unos granujas con quienes
mataperreaba, pero debido a los calores que vienen con la adolescencia, pronto
empezaron a ver al inocente muchachito con otros ojos.
La primera vez que jugaron al papá y a la
mamá, a Jacinto le encantó la idea de ser una buena ama de casa; pero lo que no
sabía era que debía cumplir otras obligaciones maritales.
Aquello fue doloroso, tuvieron que
agarrarlo entre tres para que se dejara culear.
El pobre estaba tan hambriento de afecto y
necesitado de aceptación que con buena disposición acepto satisfacer los bajos
instintos de sus amigotes. Pronto se hicieron más frecuentes sus encuentros
prohibidos con hombres, que lo buscaban para que atendiera sus necesidades; así
se corrió la voz de que el Jacinto se había vuelto una paytu, es decir puta en
quechua.
Los chismes de las andanzas nocturnas del
muchacho llegaron a oídos de su taita, quien rojo de ira fue en busca del
causante de su vergüenza. Lo encontró en unos matorrales, totalmente desnudo
sentado sobre un tipo; a palos lo redujo, mientras el desconocido huía con los
pantalones abajo.
Teniéndolo de las greñas lo arrastró por el
suelo hasta el pueblo, mientras la moralista muchedumbre le arrojaba piedras al
verlo pasar.
Así llegó a casa bañado en sangre; la chola
Casilda se ocupó de sus heridas, para luego encerrarlo en el corral de los
animales.
Con la idea ignorante de curar a su hijo,
don Aurelio contrató, a una vieja prostituta para que intentara despertar la
hombría del Jacinto, pero con esta forma tan violenta de hacerlo solo consiguió
traumatizarlo; les agarró repulsión a las mujeres al ser violado por esa cerda
de tetas aguachentas.
La suma de todas aquellas humillaciones
trastornó la mente del chico, que invadido por una furia animal rompió su
improvisada prisión y escapó al monte con la idea de vivir como salvaje.
Para todo el pueblo era evidente que se
trataba de algo serio, este Jacinto debía tener el diablo en el cuerpo.
Dedujeron que fue él quien sedujo, a los muchachos para pecar de esa abominable
manera; la cacería de brujas inicio, los
testimonios en contra de la extraña conducta del hijo de don Aurelio se
exageraban con malicia. Como ni su familia abogaba por el paria, se le hizo un
cargamontón; le acusaron de todo lo malo habido y por haber dentro de la
comunidad.
Lo atraparon a los cinco días y lo pusieron
bajo la tutela de sus padres, mientras los muy devotos pobladores fueron por
consejo donde el obispo de la provincia.
Indignado el santo hombre puso el grito en el cielo y autorizó revivir el roqoto
siputi, una cruel práctica inca contra la sodomía.
Este antiguo castigo consistía en que todos
los hombres viriles de la comunidad, abusaran del condenado como si de una
mujer se tratara; debían vejarlo hasta destrozarle las entrañas y solo entonces
introducirían rocoto molido por su impuro agujero, con esta muestra de barbarie
se buscaba escarmentar a los sodomitas, para que desistieran de su perversión.
Se leyó la ejemplar sentencia en una junta
comunal, los buenos hombres se dispusieron a cumplirla con todo el rigor;
inmediatamente unos sesenta encapuchados exigieron que don Aurelio entregara a
su hijo proscrito; temiendo por su familia el apesadumbrado anciano lo hizo sin
chistar.
Se lo llevaron a rastras hacia las afueras
del pueblo donde comenzaría el calvario.
La jauría se le fue encima y le arrancaron
la ropa de bruscos tirones, enardecidos
al ver su pasividad, uno a uno violentaron su frágil cuerpecillo, abusando de
la víctima con extremo salvajismo desde el crepúsculo hasta el alba.
Esto era más de lo que ser humano alguno
pudiera soportar, pero la tortura no terminó con el sexo contra natura, tendido
en el suelo le abrieron las piernas por enésima vez e introdujeron por su
maltrecho recto, un enema hecho de extracto de rocoto que fue quemando sus
entrañas; Jacinto sintió un intenso ardor que arrasaba su interior, pero estaba
ya muy débil como para gritar, soltó unas lágrimas y se
desmayó del puro dolor.
Lo dejaron agonizando en la soledad de la
madrugada.
A la noche siguiente don Aurelio fue a
recoger en secreto el cadáver para darle cristiana sepultura, pero halló que
las fieras habían despedazado el cuerpo dejando muy poco que enterrar.
El infortunado tenía tan solo 16 años
cuando fue brutalmente asesinado, y según cuentan los huamanginos, el ánima del
adolescente martirizado se le aparece a la gente que se interna sola en el
monte; quizás para asustarlos o, simplemente, para que no olviden una trágica
historia como fue la suya; igual que ese hay centenares de casos anónimos que
más que crímenes de odio son crímenes producto de la ignorancia, ¿No lo crees?
Sea como fuere nosotros somos más
afortunados de vivir en estos tiempos, ¿verdad, amiguito?
Sin más. No olvides comentar tus impresiones y compartir esta entrada en tus redes sociales.
Sin más. No olvides comentar tus impresiones y compartir esta entrada en tus redes sociales.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario